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Deudas kármicas

Hay gente que se enorgullece de haber formado una familia, otras de haber logrado metas académicas, algunos de comprarse una casa y otros como yo, con un pico de adrenalina por haber conseguido una cochera en el edifico. ¿Les dije? De la calle Chestnut.

Por favor que nadie me juzgue de simplona, el refugio es para algo mucho más visionario que la carrera de triple ingeniería con salida laboral en Marte. Mi querido garage—que estaba en lista de espera debido a mi estrategia comercial teñida con una gota de sangre judía—no estaba disponible porque pedían una cifra que excedía las enseñanzas de mi madre: “cuando vos querés algo tenés que saber esperarlo”. Supongo que su transacción también incluía al amor, ya que hace treinta y cinco años que su escuela está deshojando margaritas a ver si alguno la pega. 

El Pancho y la coca

Si viviera en Texas, ayer probablemente hubiera sido mi último día cómo Cecilia Castelli. Pero como estoy con los progres, no pasa del balazo discursivo. El día gritaba paseáme, el sol estaba despejado sin niebla y humo de los incendios y era una tarde muy parecida a la propaganda de Phillip Morris con Araceli González, perfecta.

En vez de ver barbijos veía flores primaverales, amaba a todas las mascotas por igual—incluso la del tercer piso que me tiene hasta madre—y había perdonado a todos mis ex novios por todas las idioteces que hicieron bajo mi consentimiento. Todo venía rolando con mucha soltura y viento en la cara hasta que llegué a la cola del supermercado—que a esa altura más que una cola parecía la caminata hacia la picadora de carne del video de Pink Floyd—, donde estaban todos como huérfanos de amor mirando a la chica mala respirando aire puro. 

A la chingada

Anoche después de siete meses, ciento ocho peleas callejeras, un falso título de médica para defender el oxígeno y una hoguera quemando zombies, salí a pasear por las calles de San Francisco. Convencida de que iba a enfrentarme con una ciudad desolada, dirigida por una pseudo liberalidad a cargo de un gobernador que acaba de legalizar la pedofilia, ¡las calles estaban llenas de gente! Hacía desde 1992—en donde me gané un trofeo en hockey—que no estaba tan contenta. Flameando mi sonrisa  a todo portador asintomático, recuperé mi esperanza. En un mundo donde quieren cambiar la palabra por munda, ayer toqué el cielo estrellado de La Marina—el barrio donde me encontraba viendo como la gente cenaba sin bozal puesto. Tomaban cervezas y hasta fumaban cigarrillos. Nunca pensé que iba a felicitar a un fumador por tragar humo, pero perder la libertad es mucho más costoso que perder un pulmón. Nos guiñamos el ojo y súbito lo agregué en mi lista de activistas para cuando la estupidez se vaya al tacho nuevamente.

Siglo XXI

Hablando con mi vecino—después de tres años de compartir la medianera, preguntas de fusibles explotados y cuestionamientos sobre la manipulación de los factores climáticos—, me arrinconó contra el felpudo de la entrada reclamando explicaciones sobre mi estado civil. 

 

—Ceci, ¿por qué estás soltera? 

 

—Porque la matemática no falla. Quiero uno con 80% alma, 20% ego y agregale sentido del humor a la fogata y está más difícil de encontrar que el cuerpo de John F. Kennedy Jr. 

 

—¿Alma? No sé a qué te referís con eso.

Doscientos años de historia

El Golden Gate es el puente con más suicidios del mundo, se tira tanta gente tan seguido que tuvieron que poner un alambrado para que al menos matarse les costara un poquito. Doy fe, he pasado con mi bicicleta y lo he visto con mis propios ojos. Al principio sentí mucha pena, pero después llegué a la conclusión de que este planeta no es para cualquiera. El nivel de purgación que experimentamos en este plano es lapidario. Las pruebas no las pasa cualquiera y para ganarte la felicidad tenés que dejar de buscarla. Un cóctel tan sofisticado que para navegarlo sin pegarte un tiro tenés que saber un poco de filosofía, psicología reversa, medicina homeopática, sánscrito, Tai chi, meditación y política.