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Digitalmente humanos

Ocho meses atrás estaba dando luz a mi primer libro: “Querido estado civil”, si hubiera tenido que relatar trescientas treinta páginas en la actualidad, estaríamos haciendo una recopilación de los protocolos de dióxido de  c l o r o, enumerando a los que suicidaron, contando los días que faltan para que abran la frontera, y probablemente transcribiendo discusiones por el testeo masivo de la falsa escasez de papel higiénico. 

Agenda 2030

 Como la agenda globalista continua con sus planes al pie del cañón, yo tengo que seguir con los míos: sacar mis ahorros de pichi freelancer de mi jubilación privada para poder disfrutar del futuro que no tendremos.

 

—¿Y por qué querés sacar tu dinero? ¿Te vas de vacaciones a algún lado? Me preguntó la cajera del banco derrochando confianza.

 

—Mirá, entiendo que no sea mucho, pero que tampoco se te vaya la pinza—le dije con un inglés sedoso y angelical—, dado como vienen las cosas lo tendría que haber sacado desde la catástrofe de Fukushima.

 

—No entiendo bien a qué te referís, yo trabajo en el banco hace quince años, no nos vamos a quedar con tu dinero si eso es lo que te preocupa—me dijo exaltada.

 

—No quiero agredir tu titulo de contadora, pero el sistema financiero para el que trabajas es una estafa, desde 1913 que viene lucrando con la deuda de la gente. Se les está por terminar el show y lo saben. Van a sacar de circulación el efectivo y van a usar nuestro cuerpo como tarjeta de crédito. Get ready.

Todo lo que han hecho ha sido para hundirnos y esclavizarnos, entonces la verdad que prefiero que mis ahorros estén conmigo.

Querida, vos sabrás mucho de números, pero mi tercer ojo gira en descubierto.

 

—Bueno, espero que estés equivocada porque la vida de mucha gente estará en problemas y no creo que lo permitan.

 

—¿Eh? Amenazaron al mundo entero con una gripe y lograron su objetivo, ¿qué te hace pensar que tu dinero es más importante que tu vida para esta gente?

 

—Sí, está todo muy politizado, no sabría que contestarte. Pero sinceramente no creo que el banco se quede con tu dinero.

Multados por ser libres

Ayer decidí tomarme el día libre de la psicosis mundial y me fui a una playa llamada Stinson Beach; un paraíso a media hora de casa en donde las ballenas jugaban en la orilla mostrándonos la libertad que perdimos hace seis meses. Cuando llegué al estacionamiento y me bajé del coche había un cartel grande de metal que decía: multa de $500 al que no lleve barbijo puesto. En la playa. Con un viento de cincuenta kilómetros por hora. Al descampado y con sauces alrededor que albergan una gripe a punto de treparse a los árboles y enviarnos un patógeno desde las ramas.

Un resumen de misterios naturales que llegaron a la especie más estúpida del planeta: los humanos. Tapándose la cara al aire libre y destapándosela para poder comer un bocado cada cinco minutos. Un show de gente subiendo y bajándose un bozal en un picnic de incoherencias que desfilaban frente a mis ojos consumados por el espectáculo.

Prisión a Fernández

El amoroso del presidente argentino acaba de declarar dos años de prisión para el que viole la cuarentena, pero para el que viola a una mujer, libertad. Me pregunto: ¿a dónde están las feministas ahora? Cierto, ellas defendían el aborto, no la destrucción de la humanidad independientemente del género. El modelo hitleriano al pie del cañón Fernández, solo que en vez de construir un campo de concentración, usted se ahorró los gastos y los encerró en su propia casa. Eso sí, que sigan pagando impuestos para vivir el holocausto virtual que usted creó. Un plan redondo, sin poner un mango y con la boca bien tapada.

No puedo decir que me da asco la política Argentina, porque drena hace años, pero Fernández en particular es el empleado soñado de Soros, y no me llevo bien con los psicópatas. 

No es abuso de poder, es la tiranía de la que hablaba George Orwell.

Barbilandia

Es una pena que me tenga que ir hasta Berlín para pelear por mi libertad, aunque con las fronteras cerradas y el poco entusiasmo que sentí cuando la conocí, dudo de que eso suceda. Supongo que la frase: “no juzgues a un libro por su tapa” fue inspirada en mi visita a la capital de Alemania en  2017. Una ciudad que no me movilizó ni un pelo cuando la conocí, pero que ahora pasó a ser un potencial de retiro jubilatorio.