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Caballo de Troya

 

Siento que este fin de semana—entre la ley Marcial y las apuestas en el mercado financiero por el agua—me la voy a pasar stockeandome para los próximos tres años. ¿Dije tres años? Nah, esto explota mucho antes.

El tema es que cuándo explote me agarre con el bowl de pochoclo (a tu salud Gustavo) y un botellón de agua alcalina en la mano. 

No sé si escribir sobre la era de Acuario, que empieza el veintiuno de diciembre, si mencionar a Júpiter y Saturno como los responsables del devenir, o si decirles que se abrochen los cinturones porque este safari nos va a dejar a todos con un león en el techo y cuatro ruedas panza arriba. Se vienen tiempos lapidarios, y mi termómetro es la ignorancia de los demócratas frente a todas las causas penales y jurídicas que estamos atravesando. Desde el arresto de empresarios manejando organizaciones de tráfico de niños, hasta máquinas tecnológicas manipulando votos (en el mundo entero). Vacunas que están matando gente y gente que está matando pacientes. No solo hay videos clandestinos de cómo el cuerpo médico está colaborando para este genocidio, sino que soy testigo de un conocido que confirma el asesinato de su abuelo internado por una gastritis. Abogados, psicólogos y médicos por la verdad en el mundo entero luchando contra la masacre más grande la historia: una gripe.

La era de la censura, famosa por exponer los ideales de los titanes tecnológicos al servicio de los globalistas. Y sinceramente, entre Hollywood, Big Tech, la ONU, Club Bilderberg y toda la miseria espiritual fundada por la izquierda, estamos a punto de un gran despertar humano: la muerte de los negacionistas. Que han existido con el correr del tiempo gracias a la herramienta de ignorar la realidad—interna y externa—.

Qué lindo momento será cuando veamos un desfile de inconscientes quedarse sin cartuchos para luchar contra el enemigo, porque el enemigo es la puñetera verdad, que es implacable. 

Tantos esclavos del sistema arrinconándome contra la pared, pidiéndome pruebas de todo lo que siempre dije, riéndose en mi cara, declarándome conspirativa, marginándome de sus cerrados círculos sociales predicando el amor que no practican. Aguantándome el desasosiego de convivir con una raza que no se analiza pero que te cuelga de una soga cuando no pensás como ellos. Todo estos meses y años apretando la mandíbula contra un narcisismo que no encuentra una madre para llorarle su falta de autoestima. 

Unos mendigos manipuladores absorbiendo cualquier energía que les sirviera para llevar a cabo sus objetivos.

Esta es la guerra, señores: el egoísta contra el solidario. El dormido contra el despierto. El pobre de amor contra el lleno de espíritu. El vago contra el trabajador. El miserable contra el generoso.

Y en esta grieta se metió la corrupción del sistema y terminó haciendo dulce de leche con nuestras diferencias. 

La falta de unión como especie—consecuencia de la evasión del crecimiento personal—ha resultado en un colapso financiero, social, geopolítico y psicológico digno de una organización maquiavélica.  Y aunque te duela en el alma leer esto, ese 1%  está destrozando el planeta gracias a tu falta de voluntad a la hora de revisar tus miedos y buscarles una solución.

Básicamente, el terror fundado en tu escape hacia la verdad, será la consecuencia de la implosión planetaria que hará que finalmente este sitio se resetee y logremos la paz. 

Habrá enfermedades, muertes, arrestos, hambre y violencia, y tendremos que atravesar todo esto en nombre de los irresponsables emocionales que solo piensan en sí mismos. 

Ellos, los que se vacunan compulsivamente, los que consumen C N N, los que entran y salen de relaciones con la misma velocidad con la que cambian de canal, los que no resolvieron el vínculo con alguno de sus padres, los que tapan sus problemas con el trabajo, los que traen hijos al mundo para sentirse útiles y por último: los que se mienten constantemente—y lo saben—para no afrontar el doloroso camino de existir, evaluar los traumas y hacer el trabajo que hicimos todos para dejar de lastimar al pueblo y ser una herida más que no sana. 

 

Por la evolución y la bienvenida a una nueva era, desde mi guarida de la calle Chestnut, los abrazo fuerte.

 

Ceci Castelli

 

 

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