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Del queso no se vuelve

El sábado por la noche tuve el cumple de Carolina; doce grados con llovizna mientras The Giants (equipo de baseball) jugaban en el AT&T Park que quedaba justo pegado a su departamento y yo en mini-falda, tacones y un ramo de flores que batallaba contra el hormiguero de gente para llegar a destino.
— Hey babes…! Nice Legs! ¿You wanna have sex with me tonight? Me gritó uno que pasó a mi lado mientras yo me tapaba la cara con un jazmín asiático. El viento me empujaba para Croacia y la gente se me tiraba encima, finalmente di con el palacio de la rock star— una que casi ni me reconoce al entrar porque mi pelo parecía el de Claudio Cannigia en Mexico 86’.

— ¡¡Feliz cumpleaños querida!! Le grité a la anfitriona mientras ella me miraba a través de sus ojos eléctricamente azules haciendo juego con su vestido, que a su vez hacía juego con sus zapatos. Una modelo de Alicante que arrasaba con la noche, los invitados y el vino también…Ya que esos dientes seguramente no podían ser violetas de raíz.

En un espacio de cincuenta y cinco metros cuadrados había ochenta invitados, veinte mujeres y sesenta hombres. Caro— sin saber que yo me casé hace dos semanas conmigo misma—me dijo que había mucho señor sin pareja, no utilizó esta palabra, pero más de uno podría haber sido mi padrino. Si me van a presentar a alguien, que sea la bandeja de quesos— que es exactamente a donde me instalé cuando la pusieron en la barra. Se me están pasando muchas cosas en esta vida, pero el hambre no es una de ellas.
Que lindo no tener que hacer sociales porque tengo la boca llena y una amiga que hace el trabajo por mí: Gloria Ferrer. Gloria iba de charla en charla pasándome el colesterol y hemograma completo de los candidatos que desfilaban por mis narices. Salvadoreños, mexicanos, alemanes, catalanes y un australiano que se fue al dormitorio de la cumpleañera a chaparse a una asiática. Esto último lo sé porque cuando fui a buscar mi brillo labial los vi echados en la cama; ella estaba haciendo el papel de Memorias de una Geisha, él no sé bien quién era, pero de seguro que no estaba teniendo la paciencia del protagonista para chutarse todo el plot hasta morderle la boca.
A mi retorno de la habitación me crucé con un chaparrito que se me abrojó sin permiso, y sacármelo de encima fue como volver a construir las Torres Gemelas de cero. Una pesadilla. ¿ Cuántas señales son suficientes para que un hombre se dé por vencido? El prólogo del primer libro de Freud lo describía. Un caso perdido. Gracias a Dios a la media hora llegó Jean Pierre, un francés que cautivó mi atención inmediatamente, no porque fuere el héroe de mi noche, si no porque no tuvo la necesidad de promocionar su éxito y sacarme algo a cambio de nada— la estupidez humana que me tiene hasta la zorra.
Él se quedó conmigo hablando de la vida mientras el petiso hacía de Kevin Costner en El Guardaespaldas. (Escuchando nuestra conversación sin haber ser invitado).
Siempre ataco a mis víctimas ni bien los conozco para saber si tienen la fortaleza para superar al enemigo, porque si la tienen, entonces son gente de mi calibre— un alto sentido del humor hilvanado con la profundidad de los de mi especie. Santé!
Jean Pierre me contó que estaba soltero y que nunca se casó ni tuvo hijos, pero un soltero a los 40’s no es lo mismo que un soltero a los 30’s. Hablamos muy poco como para detectar un patrón, pero es francés, y los franceses son magos al ocultar conflictos, sabía que con un poco más de tiempo y psicología reversa la verdad saldría a la luz. Pero vive en Boston y yo acá, en la ciudad más cool de Estados Unidos.
A la dos de la mañana agarré mi cartera y saludé a todos rápidamente porque no quería que me llevaran el auto al corralón por segunda vez consecutiva en un mes. Nadie me saludó en retorno, el alcohol había distorsionado las imágenes de la gente importante y mi salida fue una raya más de la noche. Una raya en la jungla de flores que se habían acumulado en la casa de la anfitriona aparentando más un funeral que su nacimiento.

¡Buen martes para todos!

Cecilia Castelli

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