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El amor en los tiempos del Tinder

Anoche me fui a dormir y sin querer dejé el teléfono prendido en la cocina. Para mi desgracia, (o beneficio como bloguera) sonó a las doce de la noche cuando estaba en el tercer sueño cambiándole el pañal a un mapache y sacando entradas para ver a AC/DC. Salté de la cama, me saqué el mordillo de la boca, le venda para los ojos, los tapones de los oídos y corrí hacia la mesa asegurándome que no fuere una urgencia.

La pantalla decía Mariana. Para situarlos en tiempo y espacio, Mariana tiene cuarenta años, está divorciada sin hijos y parece una modelo. Tiene un pelo negro azabache que creo que si tuviera una cuenta en Instagram haría fortuna con solo mover la cabeza batiendo las crines. 

El problema de Mariana es que no tiene tiempo, y si a esto le agregás la cuarentena eterna, tiene menos chance de encontrarse con el sexo opuesto que yo de ponerme una remera del Che Guevara. 

Entonces—para su decepción y la mía—se metió en Tinder. Esa aplicación del demonio que te exorciza las emociones haciéndote ver la persona más inútil del planeta. Sumado a catorce planteos existenciales de si tu genética está tan fallada como para que todos los anticristos que están ahí te lo hagan creer.

 

—Son las doce de la noche, como no me digas que se te rompió la placenta estás en problemas—le dije con mi voz cascada de fumadora invisible.

 

—Ceci, ¡perdoname! Sé que sos una gallina y te vas a dormir temprano, pero necesitaba hablarte. ¡Y no! No estoy embarazada. ¿De quién?

 

Me senté en la cocina con la piernas cruzadas arriba de la mesa, bajé el diploma de comunicadora social y periodista, y colgué el titulo de Carl Jung una vez más en la puñetera pared de mi vida.

Si me pagaran un salario por cada alma en peligro que me ha utilizado de terapeuta, no tendría una casa frente al mar, sino siete. 

 

—¿Te acordas de Vladimir? ¿El flaco con el que matchié hace un mes atrás y nos encontramos en el parque?

 

—¿Te referís al ruso que se casó con una norteamericana por los papeles, le faltaba un premolar y se había quedado sin trabajo por la plandemia?

Olvidarlo sería un crimen.

 

—Ese. Bueno, me acaba de llamar diciéndome que se había tomado un botella de whisky, que no le alcanza lo que el gobierno le da para mantenerse y que se quiere suicidar. Me dio mucha pena porque si bien no era para mí, parece un buen tipo. Me pidió plata prestada, ¡¿Qué hago?!

 

—¿Vos me estás llamando para que contengamos a un suicida que conociste en Tinder? Nah, esperá que debo seguir soñando.

 

—Ceci, en serio, lloraba y se reía maníacamente, creo que se quiere matar de verdad.

 

—No Marian, la que se quiere matar soy yo. Primero por atenderte, y segundo por habitar un mundo en donde existe esa maldita aplicación de lobos carroñeros y, ¡que ahora encima te quieren cobrar por contenerlos!

 

—Bueno, no sé qué hacer porque nunca me topé con un suicida. Estoy asustada Ceci, ¿qué pasa si se mata en serio y yo podría haberlo evitado?

 

—Primero: la plata te la debe estar pidiendo porque se acaba de dar cuenta que no puede andar más por la vida con un diente frontal faltante. Segundo: ¿porque no llama a su pinche ex esposa o a sus hermanos para llorarle la carta? No, te llama a vos que sos generosa y más manipulable que mi pony de la infancia. 

 

—¿Tenías un pony de chica? Nunca me contaste. 

 

—Sí, pero nos duró dos días porque cuando se comió toda la ropa del tender lo devolvieron. Igual no va al caso Mariana, concentrate, y por favor te pido que salgas de esa aplicación porque no sé cómo decirte que está maldecida. 

Que este tipo más que matarse se quiere hacer el frente dental a tus costillas. Sugerile que si está tan preocupado por no tener dinero, que se busque un trabajo de telemarketer. ¡Hay miles de puestos disponibles!

Y por último, decile que deje la bebida, ¿o esa con qué se la compra, con cupones? Me cacho en diez. 

 

—Perdón amiga, es que vos estás más canchera con los tipos en bancarrota emocional, yo estuve casada quince años, no entiendo mucho como se manejan los hombres en la actualidad.

 

—Empecemos por disipar tus dudas, cariño. Los hombres no, los chupacabras de Tinder. ¿Entendes la diferencia? Si a este tipo lo hubieras conocido en un bar, me juego la reputación que JAMÁS le hubieras dado tu número de teléfono. Porque a la primer sonrisita te hubieras dado cuenta que si no se cuida la boca, ¡mucho menos tu persona! Wake up baby! Y además, ¿qué coño hace llamándote? ¿No lo habías bloqueado después de la tragedia de la primer y única cita?

 

—No Ceci, cuesta encontrar gente que piense como nosotras, él también cree que estamos viviendo una dictadura.

 

—Ajá, Mariana, son las doce de la noche y mañana tengo una cita con el diario a las nueve. Me estás sacando horas de sueño por un perdedor que tuvo las agallas de mudarse de Moscow a San Francisco por los papeles, pero no puede contratar un psicólogo. Too much. Me debes un viaje a Grecia y un cambio de número.

 

—¿Cambio de número?

 

—Sí, que cambies de número de teléfono así esta gente deja de tener acceso a tu persona y yo puedo dormir tranquila. Bon nuit!

 

Un abrazo sin bozal,

 

Ceci Castelli

 

 

 

 

 

 

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