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De San Diego a Vietnam

Después de seis meses y un día abrieron los salones de belleza, mis queridas vietnamitas volvieron al ruedo y ayer hice una parada técnica en la puerta del negocio para pedir un turno. Este fin de semana me voy a San Diego y quiero estar divina para mi paseo en avión. Odiaría que el aeropuerto no me reconozca por haber cancelado cuatro viajes y por haberme peleado con los usa barbijos por una temporada completa.

La plandemia ha dejado mis manos y pies a la miseria, esto es lo que pasa cuando boxeás sin guantes, las peleas callejeras con la mediocridad te dejan chafada en la camilla con la máquina de callos.

Tina lo sabe, y cuando prende la máquina la prueba en su mano para que mi inconsciente no se piense que es una sierra eléctrica y que me están por cortar un pie. 

Ella se cree que esto es lo que más me aterroriza, pero se equivoca, lo que verdaderamente me atormenta es su obsesión con mi estado civil. 

Piloteando zombies

 Hace dos días que mi Nokia 1100 explota de fotos de la pornografía política Argentina. Me excita la inteligencia, no la vulgaridad, pero a quién le voy a discutir si a nuestra sociedad le encanta la perversion.

Soy una mujer seducida por el arte y el buen gusto, y en una era en donde el sadomasoquismo lleva la delantera, estoy empezando a parecerme a una de esas figuras renacentistas echada en un sillón con un bebé en brazos. Bueno, salvo que nunca quise hijos y que no soy de recostarme al menos que tenga un tirón en la espalda. 

Por lo demás, considérenme una mujer de los 1800, pero no una cosiendo botones para mi marido, sino una Amelia Earhart. Corajuda, revolucionaria y la primer mujer aviadora estadounidense en cruzar el océano Atlántico—además de haber publicado varios libros que fueron bestseller.

En manos de Dios

Cuando me recibí de periodista y comunicadora prometí no dedicarme a la política, sabía que era una camino sin retorno; agobiante, corrupto, peligroso y deshonesto. Después de observar como los eventos actuales fueron pisoteando mis derechos, no me quedó otra que escribir sobre el tema.  ¿Es casualidad que en los últimos tiempos solo haya dos héroes: Julian Assange y Edward Snowden?

No, no es casualidad, es el resultado de una sociedad que fluye en decadencia, en donde los políticos han hecho lo que han querido porque saben que al pueblo no le interesa quién los representa. Porque quién los representa están demasiados ocupados filmándose, subiendo videos y creando plataformas digitales para expander su imagen y no su conocimiento. 

Si aceptamos esto de un tirón, nos vamos a ahorrar varios dolores de cabeza. 

El activismo, las luchas por la libertad, la quema de líderes pertenece a una época en donde no existía la manipulación tecnológica, entonces la gente no se podía dar el lujo de ser débil, porque no había distracción que tapara la grotesca obviedad del atropello moral.

Deudas kármicas

Hay gente que se enorgullece de haber formado una familia, otras de haber logrado metas académicas, algunos de comprarse una casa y otros como yo, con un pico de adrenalina por haber conseguido una cochera en el edifico. ¿Les dije? De la calle Chestnut.

Por favor que nadie me juzgue de simplona, el refugio es para algo mucho más visionario que la carrera de triple ingeniería con salida laboral en Marte. Mi querido garage—que estaba en lista de espera debido a mi estrategia comercial teñida con una gota de sangre judía—no estaba disponible porque pedían una cifra que excedía las enseñanzas de mi madre: “cuando vos querés algo tenés que saber esperarlo”. Supongo que su transacción también incluía al amor, ya que hace treinta y cinco años que su escuela está deshojando margaritas a ver si alguno la pega. 

El Pancho y la coca

Si viviera en Texas, ayer probablemente hubiera sido mi último día cómo Cecilia Castelli. Pero como estoy con los progres, no pasa del balazo discursivo. El día gritaba paseáme, el sol estaba despejado sin niebla y humo de los incendios y era una tarde muy parecida a la propaganda de Phillip Morris con Araceli González, perfecta.

En vez de ver barbijos veía flores primaverales, amaba a todas las mascotas por igual—incluso la del tercer piso que me tiene hasta madre—y había perdonado a todos mis ex novios por todas las idioteces que hicieron bajo mi consentimiento. Todo venía rolando con mucha soltura y viento en la cara hasta que llegué a la cola del supermercado—que a esa altura más que una cola parecía la caminata hacia la picadora de carne del video de Pink Floyd—, donde estaban todos como huérfanos de amor mirando a la chica mala respirando aire puro.