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Jean Francoise

Doce de la noche y suena mi teléfono.

Completamente dormida pienso dos cosas:

- Un terremoto.
- Mi hermana tuvo su hija a los 6 meses.

Mis predicciones están lejísimo de la realidad y es Jean Francoise.
Mis amigos—que me quieren tanto—creen que me conocen como el amor desmedido que me tienen, pero son dos cosas distintas que no crecen a la par. Entonces—en el afán por presentarme a alguien—programaron una reunión sin que yo supiera nada para introducirme al sujeto en cuestión. El afortunado fue Jean Francoise, la desafortunada, Cecilia Castelli.
Pero claro, a primera instancia todo entra por los ojos, y la verdad que un francés canadiense de un metro noventa y cinco, rubio de ojos azules hablándome en francés que encima estoy tomando clases, no puede caerme tan mal. Como mucho podrá enseñarme las cursiladas de una principiante: Je t’aime, l’amoure de ma vie, s’il vous plait, merci, y la merde.
Su personalidad, charming. Su espíritu aventurero charming también. Abandonó su trabajo en Londres para viajar por un año entero y ahora estaba recorriendo California.
Lo conocí un viernes, y el sábado se iba a recorrer los parques nacionales por 5 días.

Querido 2019

Empezaste bastante mal, si te hubiera tenido en frente hubieras rodado por el precipicio suplicando perdón, pero siempre supiste que no te dejaría morir, porque necesitaba que arreglaras el kilombo que habías armado en el jardín de mi equilibrio.

De enero a mayo me arruinaste la vida, pero cuando finalmente llegó el verano, tus imprudencias comenzaron a desteñirse y me vi renaciendo de nuevo. 2019, fuiste un tipo jodido e implacable, y si no me hubiera cuidado un poco, hubieras rasurado mis venas con tu arrogancia. Me atropellaste durante cinco meses, vi tu chasis golpeándome los sentimientos como si gozaras de que una escritora novel se muriera antes de ser famosa. Atajé tu inmadurez con mucha velocidad, y para cuando creíste haberme enterrado, salí folkloreando de tu cementerio habiendo sobrevivido a una pelea callejera que casi me deja en la ruina.

Picture Perfect

 

 

Recibo un correo electrónico, Netflix anunciando un estreno: Picture Perfect—año 1997. Trabaja Jennifer Aniston, le doy Play, me gusta la petisa, y a decir verdad el cine en los noventas era muy diferente al cine de ahora; las escenas duraban más, los diálogos eran más trabajados y no saltaban de una escena a otra cada siete segundos. Lo único imperdonable era la vestimenta, o bueno, tal vez la camisa blanca con solapa larga y abotonada hasta la coronilla no sea lo mío.

Lo cierto es que Jenny me recordó lo que es la vida a los treintas y las batallas que uno atraviesa en lo laboral y en lo personal.

La mía ahora es personal, me quedé sin amigas para salir.

Querido Estado Civil

 

Fueron tres años de cambios, mudanzas, viajes y accidentes. Años de idas y vueltas, entradas y salidas, incertidumbres y cuestionamientos. Rupturas amorosas y desencuentros que casi me destrozan el alma. Tres años de papeles escritos en el aire que me salvaron de no morderme la sien por habitar el mundo equivocado. Tres años de sentarme a escribir y utilizar todo lo que dije como la única batalla ganada: la relación con el arte.
Este libro no se trata solo de mí, sino de algo mucho más grande que las imbéciles palabras que se juntan entre sí; este fue un canal que me ayudó a poder atravesar la gruesa niebla de no ser entendida, de caminar pisando el vidrio de una estructura que no tolera sensibles.
Fueron tres años de reírme de mis propias miserias con un eco de fondo que fueron ustedes, leyendo sin hartarse de esta chica que no encuentra una salida para sus antirrománticos finales; riéndose y queriéndome, rota, arreglada y vuelta a nacer.
Este libro se los dedico a cada uno de ustedes, que me acompañaron en el proceso de utilizar la escritura como un magnifico canal terapéutico que me llevo a imprimir esta obra de 329 páginas.
Querido estado civil es el resultado del apoyo de cada uno de mis lectores, y sin ustedes nada de esto hubiera sido posible.

Gracias por creer en mí.

 

La compulsividad de la procreación

— ¿Tenés hijos? Me preguntó un divorciado con tres.

 

— Sí, un libro escrito. Es varón y tardó tres años en nacer.

 

— Entiendo. Pero, ¿tenés hijos?

 

El hombre quería asegurarse que de si formábamos pareja juntos yo no le pidiera uno más para su colección de responsabilidades. Y yo quise afirmarle que escribir un libro y publicarlo tiene el mismo nivel de compromiso. 

Se rio irónicamente y tomó mis palabras con la pinza de las cejas que me depilo en verano. Como no me hizo ninguna gracia, me giré en un rojo tornasolado, y le dije: ¿qué? ¿Ahora ser padre y cambiar pañales es la tarea más difícil?