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El virus del fascismo

Entre las películas violentas y oscuras de Netflix, los laboratorios farmacéuticos, la comida procesada, el flúor en el agua, la radiación de las torres 5G, el distanciamiento social y la idiotizada cuarentena, más que matarme, me quieren cocinar a fuego lento en la parrilla.

¿Y este el sistema en el qué ustedes confían?

Cómo no puedo ponerme a pensar por todos los que salen con bozal a la calle porque son mayoría, decido escribir mis experiencias a ver si alguno que está próximo a la hipoxia cerebral se despierta recibiendo una epifanía con mis relatos y vuelve a recuperar el aliento.

¿Día de la Independencia?

Era de esperarse que vinieran tiempos difíciles, pero que todos los salones de belleza hayan cerrado y yo me tenga que depilar sola la verdad que está bien jodido. Estos fascistas que están arruinando la economía no solo quieren convertirnos en seres andróginos y deteriorados (falta de oxígeno, falta de actividad física, etc.), sino que también hicieron que me quemara la entrepierna porque no domino la espátula o la cera a 280 grados o los malditos tiempos que corren. Siglo XXI y en vez de estar proyectando de comprar mi casa frente al mar estoy mirando tutoriales de cómo depilarme sin que se me derrita el palo que uso para arrancarme los excesos fuera de lugar. ¿Y para qué coño me depilo? Porque todavía tengo la esperanza de que antes de que se termine el verano abran alguna playa.

Y los libres del mundo responden

Nuestra raza se ha dividido en dos: los libres y los esclavos. Los libres no llevan bozal, no se tragaron la pastilla azul e investigaron en medios alternativos a ver que estaba pasando “realmente” detrás del chantaje de la plandemia. 

Los que llevan bozal generalmente son de biblioteca; graduados académicos con 9 y 10, becas para estudiar en Marte, generalmente con fuertes opiniones políticas y consumidores activos del Main Stream. Adictos a CNN y a vacunar a sus hijos compulsivamente sin analizar los laboratorios que producen los químicos que van a ir dentro de sus cuerpitos por el resto de sus vidas. 

La plandemia de la esclavitud

 

Protestas raciales, campañas de género, planes de vacunación, planes de reducción de población. Si solo les podría hacer entender que el sistema que nos vigila nos quiere sin sexo, sin hijos, sin amigos. Divididos, asexuados, contribuyendo a la gran caldera en donde se está cocinando el plan maestro hace doscientos años. Para los que me enfrentan día y noche, tengo una pregunta: ¿no les parece un poco extraño el desencuentro que hay entre hombres y mujeres? ¿Esto les parece una casualidad? Estamos en una generación intolerable, irascible, impaciente, narcisista y profundamente egoísta. El servicio quedó obsoleto y ahora es un intercambio masivo en todos los planos posibles. En serio, ¿quiénes operan desde el amor actualmente? Parece que para encontrarlo uno tuviera que subscribirse al yoga Kundalini de por vida o volverse vegano o recitar un mantra para acelerar el karma. No podemos decir que esta es nuestra naturaleza porque nacemos sabios y felices, pero a medida que vamos creciendo la programación es tan fuerte y destructiva que terminamos separados entre nosotros y discutiendo  a través de un mensaje de texto.

La nueva subnormalidad

—Usar barbijo la mayor cantidad de tiempo— triatlonista inclusive. Máscaras subacuáticas a discreción.

 

—Mantener distanciamiento social, especialmente con tu mascota que juega con otras mascotas que de seguro se contagiaron con el 0.0002 de infectados.

 

—Lavarse las manos seiscientas veces al día hasta que se te borren las huellas digitales y te implanten un chip subcutáneo.

 

—Utilizar guantes de latex para ir al supermercado por si una banana te contagia.

 

—Si estornudás quedate en casa por treinta años.

 

—Mirá la televisión cuatro horas al día con el barbijo puesto, dicen que el v i r u s  atraviesa la pantalla.

 

—Ponete la vacuna de la gripe así justificas la cifra de infectados.