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Querido Estado Civil

 

Fueron tres años de cambios, mudanzas, viajes y accidentes. Años de idas y vueltas, entradas y salidas, incertidumbres y cuestionamientos. Rupturas amorosas y desencuentros que casi me destrozan el alma. Tres años de papeles escritos en el aire que me salvaron de no morderme la sien por habitar el mundo equivocado. Tres años de sentarme a escribir y utilizar todo lo que dije como la única batalla ganada: la relación con el arte.
Este libro no se trata solo de mí, sino de algo mucho más grande que las imbéciles palabras que se juntan entre sí; este fue un canal que me ayudó a poder atravesar la gruesa niebla de no ser entendida, de caminar pisando el vidrio de una estructura que no tolera sensibles.
Fueron tres años de reírme de mis propias miserias con un eco de fondo que fueron ustedes, leyendo sin hartarse de esta chica que no encuentra una salida para sus antirrománticos finales; riéndose y queriéndome, rota, arreglada y vuelta a nacer.
Este libro se los dedico a cada uno de ustedes, que me acompañaron en el proceso de utilizar la escritura como un magnifico canal terapéutico que me llevo a imprimir esta obra de 329 páginas.
Querido estado civil es el resultado del apoyo de cada uno de mis lectores, y sin ustedes nada de esto hubiera sido posible.

Gracias por creer en mí.

 

La compulsividad de la procreación

— ¿Tenés hijos? Me preguntó un divorciado con tres.

 

— Sí, un libro escrito. Es varón y tardó tres años en nacer.

 

— Entiendo. Pero, ¿tenés hijos?

 

El hombre quería asegurarse que de si formábamos pareja juntos yo no le pidiera uno más para su colección de responsabilidades. Y yo quise afirmarle que escribir un libro y publicarlo tiene el mismo nivel de compromiso. 

Se rio irónicamente y tomó mis palabras con la pinza de las cejas que me depilo en verano. Como no me hizo ninguna gracia, me giré en un rojo tornasolado, y le dije: ¿qué? ¿Ahora ser padre y cambiar pañales es la tarea más difícil? 

El amor en los tiempos del Facebook

 

Cuando yo era chica, para salir conmigo tenían que llamar a mi casa por el teléfono fijo, comunicarse con mi madre—que con suerte no estuviera durmiendo la siesta— y dejar el mensaje con nombre y recado. 

Para cuando toda esa información llegaba a mis oídos, el nombre estaba equivocado y no tenía forma de localizar al candidato involucrado con el mal humor de mi madre por ser interrumpida en su hora de descanso. Como los muchachos temían a la voz autoritaria de la familia, no dejaban su número para que yo los ubicara. 

Todo este desencuentro me llevó a no poder tener un novio por falta de comunicación. Era válido, los medios de contactos eran básicos; francamente darle en la tecla con mis horarios era una de las siete maravillas del planeta que nunca enumeraron en el proceso de selección. 

Pool Party

Mis fines de semana oscilan entre Amazon Prime, pisingallo orgánico, pantuflas de corderito y una patada a la puerta del baño que no cierra bien. Los auriculares puestos para cancelar el ruido de mi estado civil, y un cartel en la cabecera de la cama que dice “se terminó el show señores”, o por lo menos eso es lo pensé hasta que llegó la Pool Party de Gloria Ferrer. Una amiga española que vendría a ser la Bill Gates de Madrid; inteligente y famosa. Políglota, modelo, ingeniera, y con una base de datos más larga que los años que estoy soltera. Cualquiera diría que es un “catch”, pero Gloria está casada y mientras su marido paseaba con su familia por Estados Unidos ella organizó una fiesta en su piscina de Mountain View con cincuenta invitados plus.
Mucho alcohol, crema de garbanzos, crocks y bikinis estiradas después… estábamos todos flotando en el agua climatizada con nuestras panzas inflamadas de harinas y algún niño que no tendría que haber nacido tirándose bomba a la pileta arruinando nuestro domingo.

Paul Van Dyk

¡Nena! Tengo entradas para ir a ver a Paul Van Dyk, ¡ponete las zapatillas y salgamos! Me dijo Valentina a la que no veía desde 1915.
Van Dyk es un DJ de música electrónica y la última vez que lo escuché fue cuando salió el disco Las Primeras Golondrinas de Pimpinela.
No soy una fanática de Paul, pero encerrada rasgando la guitarra a mi estado civil, no hubiera conocido ni de coña a este padre alemán que vi ayer con mis propios ojos. Nacido en Berlin; casado con una colombiana; estoy harta de las latinas, lo juro. Mientras todos saltaban al punchi punchi europeo tuve la maldición de toda la gente que no usa lentes: vi un anillo en el dedo anular del anfitrión a treinta metros de distancia. La gente bailaban bajo los efectos del ácido y la cocaína, yo googleaba a la joven de veinticinco años que se terminó quedando con el DJ y nosotras con los codazos de los millennials.