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De conservadores a liberales

El día de ayer no se lo deseo a nadie, sobre todo porque llorar por política es como deshojar margaritas por un desconocido. Pero la ilusión de que alguien nos salve está en nuestro ADN; desde Jesús de Nazaret hasta Martin Luther King Jr., Buddha, Ganesha, Osiris, Ronald Reagan y con mucha mala suerte y viento a favor, Nestor Kirchner. 

Desde la astrología hasta la videncia, pasando por la meditación hasta la ufología; el ser humano se ha embestido en una búsqueda interminable por encontrarle un sentido a la vida más allá de sí misma—como si el hecho de existir, no fuera suficiente. Y es que en verdad no lo es, porque si lo fuera, no estaríamos mendigando información al cosmos en vez de la fuente: nosotros mismos como extensión de la divinidad. El problema es que estamos luchando contra esa divinidad desde que nacemos, y la meta de este sistema lapidario en el que estamos inmersos es destruir ese amor para que seamos humanos inoperantes sin sensibilidad a merced de la esclavitud de nuestras mentes—operadas desde una consola llamada programación mundial. No voy a seguir con la chacarera de la deshumanización, si para esta altura no te diste cuenta, es que sos parte del problema, y mis relatos no te van a levantar ni con diecinueve remolques psicológicos y trescientos Ave María.

Día internacional del pochoclo

Mañana es el día internacional del pochoclo, no voy a decir que esto último es una estrategia, pero de seguro que me sembró la duda. 

Aficionada y vitalicia del maíz entre los dientes mejor que ese bowl de popcorn venga con guardaespaldas, ya que veinte mil tropas en Washington DC no amerita menos que una panzada de curiosidades a punto de estrellarse contra todas las ilusiones de ver a mucha gente presa—más que al pedófilo de Josecito dando un sermón por su computadora.

Crisis mundial y soldados de plástico

¿Alguien más se aburrió de vivir en un mundo de transacciones emocionales? ¿Me creés si te digo que esto es parte del negocio también? 

Como te gusta que te cite fuentes o te hable de los grandes pensadores que cambiaron (manipularon) la historia, hoy lo voy a invitar a Edward Bernays a mi relato. Un tipo considerado “el padre de la propaganda”, contratado por las corporaciones y el gobierno para utilizar las emociones humanas en nuestra contra. 

¿Nieve falsa?

Cuantas obviedades tendrán que seguir chorreando de la estupidez humana para que deje de cribar su camino hacia el exterminio. Me pregunto, mientras giro una página digital que afirma centro de detenciones para personas infectadas. Con que esas eran las famosas carpas, me dice mi otro yo mientras dudo hasta del átomo y la partícula. En su momento lo llamaban sanatorios auxiliares, ahora no sé bien en qué se han transformado, porque he optado por la brillante decisión de ignorar todo lo que sucede a mi alrededor. Encuentro que es la única forma de mantener la cordura sin querer ponchar a un zombie en la frente—ya que la mitad de su cara está tapada.

Cambio de estado

 

Uno de los grandes motivos que me impulsó a irme de Rosario—mi ciudad natal—fue el calor. Sumado a las desprolijidades del político de turno, la corrupción en la pirámide jerárquica de poderes y lo incivilizada que puede llegar a ser la gente cuando no llega a fin de mes. ¿Algo en común? Sí, el ADN de mis ancestros que empujó hasta sacarme de una ciudad con un techo más bajo que la pata de la mesa. Hace nueve años que celebro una de las decisiones más acertadas de toda mi vida. No le habré dado a mi familia el yerno que esperaban, pero estoy casada con la sincronización, que no es poco para una chica nacida en la ciudad equivocada.