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Discriminación financiada

Discriminación financiada 

 

Siempre pensé que a esta altura del campeonato iba a estar a estar trabajando para un medio reconocido; maquilladora personal a mi derecha, chef a mi izquierda y un patrocinador que se encargara de todos los gastos de mi casa frente al mar. En cambio, me encuentro en mi departamento alquilado de la calle Chestnut, trabajando freelance y dando cursos de cómo preparar  c l o r i t o  de  s o d i o  casero: la cura del futuro. ¿Ah no les dije? Firmé por la libertad, y el Universo no se equivoca cuando elige tu puesto en el mundo. En malinterpretar la energía planetaria nuestra especie se ha programado para creer que la abundancia económica es sinónimo de esclavitud laboral, por eso hay tantas confusiones al respecto. No es casualidad que el sistema haya creado este caos, tanto en lo económico como en lo social hay claramente una brecha. El lema es un poco así: el vago cobra sin trabajar y el trabajador mantiene a los vagos. Esto aplica para los géneros también: el hombre sigue cobrando un 18% más qué la mujer, ¿culpa del hombre? No, culpa del sistema.

En el 510 y en el 2000 también

Como los grandes titanes tecnológicos nos han sacado el libre albedrío de circular por la ciudad consumiendo música, comida y reuniones sociales, quedé obligada a bajarme una romántica de mi lista de gratuitos. La relación con Netflix se fue a la chingada cuando investigué que los 

p  e  d  ó  f  i  l  o s  que la financian son los mismos que suben películas y series predictivas, violentas y oscuras de cómo quieren que vivamos. Confieso que fue duro separarme después de quince años; tantos documentales de música y material de primera calidad en el laberinto de mi oscura memoria, no fue nada fácil. ¿pero acaso no es ese el desafío más grande de los tiempos que corren? ¿Saber decir NO cuándo la relación es tóxica? Privarnos de algo que nos hace bien cuando a la larga nos hace mal tiene que ver con la disciplina de la coherencia. 

Digitalmente humanos

Ocho meses atrás estaba dando luz a mi primer libro: “Querido estado civil”, si hubiera tenido que relatar trescientas treinta páginas en la actualidad, estaríamos haciendo una recopilación de los protocolos de dióxido de  c l o r o, enumerando a los que suicidaron, contando los días que faltan para que abran la frontera, y probablemente transcribiendo discusiones por el testeo masivo de la falsa escasez de papel higiénico. 

Agenda 2030

 Como la agenda globalista continua con sus planes al pie del cañón, yo tengo que seguir con los míos: sacar mis ahorros de pichi freelancer de mi jubilación privada para poder disfrutar del futuro que no tendremos.

 

—¿Y por qué querés sacar tu dinero? ¿Te vas de vacaciones a algún lado? Me preguntó la cajera del banco derrochando confianza.

 

—Mirá, entiendo que no sea mucho, pero que tampoco se te vaya la pinza—le dije con un inglés sedoso y angelical—, dado como vienen las cosas lo tendría que haber sacado desde la catástrofe de Fukushima.

 

—No entiendo bien a qué te referís, yo trabajo en el banco hace quince años, no nos vamos a quedar con tu dinero si eso es lo que te preocupa—me dijo exaltada.

 

—No quiero agredir tu titulo de contadora, pero el sistema financiero para el que trabajas es una estafa, desde 1913 que viene lucrando con la deuda de la gente. Se les está por terminar el show y lo saben. Van a sacar de circulación el efectivo y van a usar nuestro cuerpo como tarjeta de crédito. Get ready.

Todo lo que han hecho ha sido para hundirnos y esclavizarnos, entonces la verdad que prefiero que mis ahorros estén conmigo.

Querida, vos sabrás mucho de números, pero mi tercer ojo gira en descubierto.

 

—Bueno, espero que estés equivocada porque la vida de mucha gente estará en problemas y no creo que lo permitan.

 

—¿Eh? Amenazaron al mundo entero con una gripe y lograron su objetivo, ¿qué te hace pensar que tu dinero es más importante que tu vida para esta gente?

 

—Sí, está todo muy politizado, no sabría que contestarte. Pero sinceramente no creo que el banco se quede con tu dinero.

Multados por ser libres

Ayer decidí tomarme el día libre de la psicosis mundial y me fui a una playa llamada Stinson Beach; un paraíso a media hora de casa en donde las ballenas jugaban en la orilla mostrándonos la libertad que perdimos hace seis meses. Cuando llegué al estacionamiento y me bajé del coche había un cartel grande de metal que decía: multa de $500 al que no lleve barbijo puesto. En la playa. Con un viento de cincuenta kilómetros por hora. Al descampado y con sauces alrededor que albergan una gripe a punto de treparse a los árboles y enviarnos un patógeno desde las ramas.

Un resumen de misterios naturales que llegaron a la especie más estúpida del planeta: los humanos. Tapándose la cara al aire libre y destapándosela para poder comer un bocado cada cinco minutos. Un show de gente subiendo y bajándose un bozal en un picnic de incoherencias que desfilaban frente a mis ojos consumados por el espectáculo.