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La esclavitud de la ignorancia

Siete maratonistas con barbijos, la familia Ingalls en bicicleta con máscaras y cuatro peatones que no dominan la correa del perro después, me encontré una vez más en el campo de batalla: la calle. Donde los recibidos en Stanford están tragándose su propio dióxido de carbono generando una disputa entre inteligentes y verdaderamente inteligentes. 

Qué lindo este show de demócratas contra republicanos.  

Un teatro barrial donde se pelean los buenos con los buenos y los malos están comiendo pochoclo mientas nos agarramos de los pelos. Si seguimos así, Netflix va a empezar a facturar el doble sin director, sin guion y con cámara en mano. La película se está montando solita, producto de una separación hostil que se está chupando los dedos con nuestra disputas. Un volcán se podría haber llevado a varios inconscientes, en cambio la gente decidió darle de comer en la boca peleándose por una postura política en vez de por la libertad. 

Lo reconozco, estoy asquerosamente repetitiva, y lo que más me preocupa es que mi repetición no funciona pero la de ellos sí. ¿Cuál es la que va? ¿Tener un canal de television free speech? ¿Topar las redes sociales con tres millones de videos de lo que nos están ocultando? 

Aplicación Cuidar

 

Entre las fatalidades de nuestra realidad actual, veo una brecha de inoperantes de extremos que se quedaron predicando con las teorías sin ejecutar un plan maestro con sus visiones. 

Muchas corrientes de autoayuda por un lado, y por el otro, mucho orador tirando una check list de cómo hacerse millonario en tres meses. 

Llegó el momento de actuar y la gente sigue con su pose de yoga, una dieta alcalina y un manual de instrucciones de cómo facturar sin moverse de casa.

¿A dónde están los solidarios que pregonaban el éxito cómo resultado de su ejercicio intelectual?

Oíd mortales

 

La constitución Argentina, cómo la de muchos otros países, empieza diciendo: “Nosotros los representantes del pueblo de la Nación Argentina” y la de Estados Unidos también comienza diciendo: “We the people of the United States”. 

No voy a enumerar a todas las constituciones del mundo porque están por eliminar nuestra especie de un soplo y no me dan las teclas para citar a cada una de ellas. Pero si no le refresco la memoria a nuestra comunidad de zombies encerrados en casa con la Play Station nos van a dibujar nuestros derechos con el mismo lápiz que desean marcar nuestra salida.

Una que reduce a los improductivos en carne de cañon para que dejen de vivir de los aportes jubilatorios que pronto desaparecerán.

Cadenas infinitas de la nueva subnormalidad me atacan como si hubiera sido yo la que declaré la cuarentena y los dejé sin trabajo y sin comida.

Se cae de maduro que el planeta está superpoblado de inconscientes, pero están apuntando al blanco equivocado. Primero porque no creo en la muerte, y segundo porque al privarnos de nuestra libertad nos están matando de todas maneras, pero la muerte sutil parece no preocupar a los mortales de este sitio, ¿o sí?

Quedate en casa

Quedate en casa—que nosotros te dejamos sin trabajo y llevamos tu empresa a la quiebra, esa que te costó tantos años crear—.

 

Quedate en casa—que nosotros decidimos por vos; a qué hora podés salir y en qué condiciones—.

 

Quedate en casa—que nosotros decidimos cómo te vas a morir y cuándo—.

 

Quedate en casa—aunque no tengas dinero para comprar comida—.

Buscando a Neo

 

Querido 2020:

 

Arrancaste el año vendiéndome sopa de murciélago, una estrategia bastante turra sabiendo que los chinos tienen cámaras hasta en los traseros de las ratas que venden. Tu mentira empezó a hacer ruido en Wuhan, atravesó el contrato que firmaste con el doctor Anthony Fauci en 2014 en un laboratorio de la zona y terminó en mi pasaje cancelado a la Argentina en abril. 

Obligaste a todos los gobiernos a que cerraran las fronteras, apagaste la economía mundial (mientras que China compraba todas las bolsas, claro) y nos dejaste sin actividad laboral, sin amigos y sin familia.