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Carta a San Francisco

En un mundo donde la monogamia está dejando de existir, tuve que decirle a mi querida ciudad de San Francisco que lo nuestro ha llegado a su fin. Marcha un divorcio premeditado con un sitio al que amé por casi una década—que no es poco para los tiempos que corren—.Y si bien nadie desea separarse después de prometerse amor eterno hasta que la muerte los separe, permanecer en un matrimonio con diferencias existenciales, causa más daño a que darlo por terminado. 

El nuevo amanecer

En esta guerra de desinformación, noticias falsas, abuso de la estadística  y distorsión de la verdad, aparecen todo tipo de personajes, entre ellos: El nuevo amanecer. Un programa en YouTube que ya empezó como la mona, ya que la Tierra gira alrededor del sol hace 4.500 millones de años.

Este chico—el que dirige este canal—, es una fusión de el mago Tusam con tres copas de sidra encima, Jack Palance en “Aunque usted no lo crea” y Narciso Ibáñez Menta con el famoso Pulpo negro.

Guerra sanitaria

Ayer volví a ver “Lucy” (de Luc Besson), por segunda vez consecutiva. No me gusta idealizar un icono, pero qué ganas de ser Scarlett Johansson, tomarme una bolsa de CPH4 y desaparecer por completo de este planeta.

No nos morimos nunca—dice la actriz en una parte del guion—claro que no, pero supongo que habrá otros planos superiores a este, ¿chutarse la nueva vacuna para una gripe con componentes de HIV no será el camino?

La herencia de las vacunas

Nunca me consideré una persona antivacunas, sencillamente porque en los años ochentas estas cosas no se cuestionaban, se sabía muy poco, y la gente—en términos generales—no se enfermaba o moría por vacunarse. Crecí sana y jamás me cuestioné la agenda sanitaria que mis padres aplicaron sobre mis adorables bracitos. 

Querido 2020

Empezaste el año derrapando con un  v i r u s  chino, sumergiste al mundo  entero a la corrupción totalitaria del comunismo, separaste familias y asesinaste gente con respiradores. Fundiste empresas y negocios, duplicaste la pobreza y creaste una vacuna que cumple la función de destruirnos genéticamente. Inauguraste las torres cinco G para asegurarte de que si nuestros anticuerpos nos defienden de la vacuna, la radiación de la torre no. Nos encerraste en una prisión domiciliaria apuntándonos la sien con los medios masivos, y cuando nos dejabas salir, tenía que ser con un bozal puesto para que te demostráramos que nosotros te obedecíamos. Nos esclavizaste sin ensuciarte las manos, una jugada tan sucia como tu trabajo fino de estudiarte el comportamiento de una masa sin criterio.