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Hisopados anales

Lo que estamos viviendo me recuerda a Les Luthiers, solamente que cuando empezó el show me lo pusieron a Jorge Corona en vez de el grupo humorístico para el que yo me subscribí. 

No podemos decir que llegamos hasta acá por no ser los alumnos ejemplares mas idiotas del sistema solar.

Por eso hoy les pido un solo favor: dejen de enviarme fotos de los chinos con los pantalones en la rodilla y la nalga al aire. 

En cambio, trescientos traseros blancos después, recibí otra foto de otro chino sacando sus nalgas por la ventanilla para un hisopado drive-in.

Espero que no pida un Frapuccino de Starbucks por esa misma ventanilla. 

Querida ventanilla: hemos pasado por el holocausto, pero lo que a vos te tocó vivir no tiene precedente. 

Y eso está bien, en esta época de la historia nos matan de a poco; palos en la nariz, palos en el ano, vacunación compulsiva, aislamiento, bozal y torres 5G. Si fuera por mí: paredón y fusilamiento, porque vamos chavales, ¿quién puede entregar el alma así sin un ápice de resistencia?

El tema está en que con esto de que se quieran morir de a poco, tengo que esperar a que desaparezcan de mi línea de tiempo a su velocidad, no la mía. Convivir con una especie que es un vástago del sistema y meterme tres bowls de pochoclo por noche para superponer la angustia de esta distopía. Gracias a Dios existe Florida, un paraíso a cinco horas de este maldito rancho lleno de ovejas con alpargatas, bolsos cruzados y autos eléctricos. Quejándose de que no llueve y que el “calentamiento global” va a arruinar el planeta que están descuidando desde que nacieron.

Necesito un cambio y lo necesito ya. Nueve años rodeada de zombies ha excedido mi paciencia; he ponchado todos los cuadraditos de una raza en contramano y siento que no puedo estar pidiendo más permiso para ser libre y feliz. Se terminó zurdos, nos vemos en el matadero. Ya entregaron el setenta porciento de sus cuerpos al estado, con el treinta restante utilizamos ceniza de covidiota de abono para las plantas. It’s a deal!

Lo que no fue un “deal” fue la búsqueda de departamentos temporarios en Miami para alojar mi cuerpito cansado de meterse en el mar y buscar trabajo. 

El atentado: los reviews.

El siniestro: la cucaracha.

Todo venía muy fresco y veraniego con unas imágenes brutales que daban al atlántico hasta que salió sangre de una critica que apuñalo mi sensibilidad con el insecto de la post guerra.

 

—Todo muy lindo hasta que apareció la cucaracha—escribió una señora dejando manchada mi ilusión para siempre.

 

Soy una mujer que he viajado a dedo cuatro mil kilómetros, he vivido en tres continentes, le he robado todos los autos a mi familia desde los catorce años, me quebré un codo, un dedito chiquito del pie y pasé por cuatro cirugías, pero cuando aparece una cucaracha, todo mi coraje se va A LA CHINGADA. Trastorno bipolar e insomnio por tres días.

Y si encima es la voladora, dudo de que recupere mi autoestima por varias semanas. 

 

—Y si Ceci, en Florida hace mucho calor, se ven cucas, es normal—me dijo una amiga que viaja seguido al estado de las naranjas—y aparentemente de este desagradable insecto. 

 

Fui criada en Argentina, en una ciudad donde tuve que batallar contra polillas, grillos, mosquitos africanos, escarabajos, ex novios y vinchucas. Pero si puedo luchar contra la masa de covidiotas que está arriesgando nuestra especie, tengo que superar este pánico por un insecto que ha sobrevivido a la bomba atómica.

Después de tres días sin dormir pensando que un bicho me camina por las piernas tornasoladas mientras descanso, encontré un habitáculo en un barrio top de la city. Un estudio pegado a una casa con un dueño que no tardó en responder cuando le confesé mi intranquilidad de habitar un sitio siendo una mujer viajando sola. 

Me dijo que estaba casado con otro hombre y que si era por eso que no me preocupara. Al bajarme la adrenalina en sangre descartando la imagen de Charles Manson como roommate, me envió otro mensaje más diciendo que si me quedaba con ellos, necesitaba utilizar bozal cada vez que saliera de la casa.

Esta es la plaga, no las cucarachas. Se reproducen con nuestro dinero, viven entre nosotros, consumen comida chatarra, pero le temen a una gripe.

Le dije gracias y hasta luego y continúa la búsqueda de un futuro prometedor con Raid en la mano, maíz pisingallo y un 38 por si tengo que tirar unas balas a un barbijeado que me amenace con algún hisopado.

 

¡Nos vemos en la playa!

 

Ceci Castelli

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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