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La Bastille

Estoy embarazada. Que nadie se alarme, es ectópico. Comí mucho y se acumularon los residuos de cuatro fiestas seguidas en mi abdomen creando un falso humano de tres meses de gestación. El amoroso llegó justo para el verano, sin padre ni madre, ¿ó pensarán que soy yo la responsable de esto?

Empecemos a enumerar a los culpables: primera fiesta, cumpleaños de Renata en Sens, un restaurante en frente del Ferry Building con vistas al Bay Bridge; un puente que pronto estrenaré si éste hijo sigue creciendo. A Renata la conozco como al 80% de la gente en San Francisco, es amiga de una amiga, de una amiga. Por suerte compartimos mucha gente en común y entre ellas está José Gregorio, que por no dejarme sola también se echó una panza para hacerme compañía. Con la única diferencia que ese hijo habita ese cuerpo hace 5 años. 

Era viernes, todos los invitados empezaron a escaparle a sus vidas con mucho alcohol, y el dinero que invertían en emborracharse aparentemente lo sacaron del regalo, ya que la pobre cumpleañera había recibido tres paquetitos y una ramo de flores aplastadas entre 60 visitas. ¿Por dónde empiezo? No estoy segura si arrancar por la vergüenza ajena o por tomarme un tequila en nombre de la cumpleañera para unirme a la desgracia planetaria de una especie en declive. Entre mi cansancio y mi sobriedad, a las nueve dudé de volverme a casa para ver algo más inteligente que “Les Miserables”, pero cuando mi cuerpo se puso a discutir con mi consideración se me acercó un banana importante ejecutando mi decisión mientras lo quemaba en mi cámara de gas. 

 

— Hola, me llamo Stu, ¿y vos?

 

— Cecilia, y me estoy por ir— le dije suspirando exageradamente.

 

— Eso porque no estás tomando alcohol.

 

— ¿Ah sí? ¿Y cuál sería la diferencia?

 

— Y…Que estarías más relajada y flirtearías con los hombres de esta fiesta.

 

Os juro, ésta gente existe, escribo autobiográfico.

 

— Si, y también me ayudaría a soportar los diálogos más superficiales de este evento— le contesté dandole un balazo a su falso yo.

 

A las 8:55 me fui, la cumpleañera lo habrá sabido entender, entre los no-regalos y los broken souls necesitaba un baño de crema para mi conciencia. 

Pero como San Francisco nos ama, el sábado revertió mi situación en Minna Gallery, en donde se celebraba Bastille Day con bandas en vivo y sorteos. 

 

Llegamos a la fiesta junto a los primeros invitados y mientras la gente entraba y se acomodaba en el salón, yo me fui derechito a la mesa de los quesos para seguir alimentando al hijo que crece con una dieta basada en carbohidratos y azúcar.

Me encontré con Mariana de los Vientos; Arturo My Lord; Irene; Renata y toda la camada de solteros que hacen que mi vida a esta altura sea un milagro. No other city can give me more, San Francisco. A veces pienso que sería de mí si estaría viviendo en una ciudad cómo Guayaquil, en donde las mujeres se embarazan a los 19 años y a los 30 ya están recibiendo a sus nietitos para ampliar la familia.

Creo que la familia es algo hermoso, por eso yo amplié mi círculo de amigos y ahora somos 24. ¿Casada con 22 hijos? Si, mis amigos y sus amigos.

Por supuesto que si el indicado hubiera aparecido no estaría hablando así, pero haber encontrado amigos que se casarían conmigo por el solo hecho de existir, habla mucho del sitio donde resido.

Después de bailar por dos horas, gritarle a la banda que eran los mejores y tomar dos litros de agua, llegó el momento del sorteo; el sorteo: un viaje en barco para tres personas en el atardecer por la bahía  (palabra clave: 3 

personas).

Ganadora del sorteo: Cecilia Castelli ( ejem ).

¿Se dan cuenta?, si esta ciudad nos quisiera ver en pareja, el sorteo hubiera incluido dos personas, en cambio, nos regala un paseo para tres, la escritora y sus dos amigas. ¡Viva le France!

A las doce me despedí de todos mis fans y me fui a dormir porque al otro día me esperaba la Pool Party de Gloria Ferrer, una mujer que si continua así, va a tener que cobrar entrada.

Pero no los quiero aburrir y tengo un hijo que atender: Ayurveda.

Y ya saben, si se sienten solos pueden venir a San Francisco, acá queremos a todos por igual, salvo a mi hijo, que pronto desaparecerá en una rutina furiosa de gimnasio y vegetales. 

 

¡ Au revoir ! 

 

 

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