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Fragmentos telefónicos

No soy de hacer balances con mi pasado, me llevo como la chingada con excel, y los números y yo hacemos un mal partido.

En resumidas cuentas, estilo más a vivir la vida que analizarla, y soy más de las que rolan con los ponchazos que las que calculan la jugada estratégicamente. En este carácter llamado “espíritu libre” soy altamente organizada, pero que nadie confunda mi ejecución con mi estructura.

Me gusta jugar dentro de un marco de seguridad, pero me he saltado la valla más de una vez y los guantazos me han llevado a ser decidida con respecto a mis intuiciones—que rara vez me dejan tirada en el camino.

Cuando algo huele mal, mis instintos son los primeros en tirarme en el diván a encontrar una solución, los cambios y yo hacemos un buen equipo, con lo que no me llevo bien es con la opinión de la gente—que siempre está basada en sus propias experiencias y limitaciones.

La decisión de irme de San Francisco ha sido un shock para muchas personas de mi círculo; habiendo leído una y mil veces mis historias de amor con esta ciudad, han creado en su memoria una figura inamovible con respecto a mi evolución. Entiendo que lo más difícil para esta sociedad sea crecer, pero por favor no rieguen mi quinta con sus decepciones. 

 

—Cecille, amabas tanto San Francisco que me sorprende tu rotunda frialdad con esa ciudad—me dijo mi amigo Jorgito en una llamada desde Rosario, una ciudad a la que intenta escapar hace 40 años—su edad.

 

—Bueno, San Francisco no es lo que era cuando yo me mudé, o mejor dicho, tal vez yo no había podido verla con claridad.

 

—Todas las crisis son oportunidades, y tal vez esta crisis sanitaria sacó a flote la verdad sobre tu querida ciudad. Mi miedo es que idealices Florida y después no te guste.

 

—¿Y cuál sería la alternativa? ¿Quedarme acá y ser miserable por las dudas que aquello tampoco me guste?

 

No quiero dar lecciones de amor a mis lectores cuando estoy hablando de una ciudad, no de una relación. Mi intención no es saltar de un lugar a otro porque tengo una intermitencia en echar raíces, mi deber es ser fiel a mis valores, y jamás traicionaré a la verdad—que es mi aliada. 

Habito en un sitio lleno de zombies que almuerzan discursos presidenciales, meriendan con la segunda dosis y se van a dormir con el bozal puesto. Este cambio no es porque me cansé de los tecnócratas disfrazados de samaritanos con sus BMW defendiendo Black Lives Matter; el cambio es debido a la falta de honestidad de un pueblo frente a un genocidio mundial.

Estar conviviendo con estos esclavos durmientes es fingir que soy feliz, cuando en verdad lo único que hago es dispararles con mi 38 imaginario cada vez que pasan a mi lado aterrorizados porque no llevo el trapo en la cara.

No me la puedo pasar apretando la mandíbula hasta el resto de mis días, tiene que haber una vida mejor allá afuera, y la hay, y es la que voy a crear el martes cuando parta de la ciudad más robotizada de Estados Unidos. Donde la gente se la pasa en Zoom festejando cumpleaños, emborrachándose frente a la pantalla y subiendo fotos de la vacuna como héroes de una generación perdida e ignorante. 

¿Acá quiero vivir Jorgito? No lo creo; prefiero el calor camboyano de Florida y el aguijón de un mosquito cubano antes que un zombie dándome discursos científicos—tatuados con CNN y mercurio de Pfizer en la frente.

Borregos, despídanse de mí que les queda solo 48 horas con mi agraciado carácter.

En tan solo dos días estaré cruzando el país a un lugar que no me pide nada a cambio por ser yo misma. No me presiona, no me juzga, no me manipula y no me exige que sea como él, porque sabe que el aceptar al otro como es, es la verdadera libertad—algo que San Francisco perdió por entregarse a unos tibios que mienten compulsivamente y manejan el mundo.

 

Nos vemos en el aeropuerto sin bozal, sin vacuna y con un sistema inmune preparado para una bomba atómica.

 

Ceci Castelli

 

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