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San Francisco-Tulum

Irte de vacaciones en el medio de una guerra biológica es un lujo—dijo mi madre queriendo agarrar su sombrero de paja y venirse conmigo.

Celebrando el acontecimiento, preparé mi maleta, sumé un par de canciones veraniegas a mis listas rockeras y me dirigí al aeropuerto a las seis de la mañana. El festejo empezó en el subte sin bozal—dudaba de que alguna de esas caras me enfrentara con el discurso plandémico de los tiempos que corren—proclamando una libertad que ya era mía: un viaje a Tulum para tomarme un descanso de la sumisión, la mentira, la manipulación y el desgaste psicológico de ver una población entera obedeciendo. 

Check-in de maleta, Latte Macchiato por dos horas en mano—estrategias de una chica antibarbijo— y un control masivo de aduana después, me encontré demorada en la cinta de bolsos de mano cuando los de seguridad detuvieron a un hindú porque algo olía raro. ¿Estupefacientes? No precisamente, aunque en la cartelera de mi vida el curry lleva una muy mala reputación. 

El amoroso sacó una bolsa con la vianda que la madre le había preparado para su trayecto de cinco horas a Méjico: un pollo Tikka Masala.

 

—Lo siento, ¡pero en casa comemos todo casero! Le dijo el Punjabi al oficial detrás de la bolsa de especias. 

 

A mí francamente me importaba un chingo, yo ya estaba snorkeleando con las tortugas y escupiendo alguna alga marina porque no domino el maldito tubo por donde se supone que tenés que sobrevivir.

Al ingresar al avión, tuve mi primera discusión del día con la azafata, presentándole un certificado de mi neurólogo que me mantiene exenta de utilizar el trapo en la cara. Me dijo que si no me lo ponía, no podía viajar. Como no estaba para cancelar mis vacaciones por culpa del Nuevo Orden Mundial, me adapté temporalmente a la idiotez en esteroides y me senté justo detrás de una familia francesa, pegada a los baños. Cheers for that!

A la hora de vuelo, abandoné mi café con leche y seguí con mi paquete de almendras, solo para tener que cancelar mi operación tres minutos después cuando observé que los refinados parisinos sacaron un urinal desmontable para su hija de dos años. Y así, como en el campo, le bajaron los pantalones y la niña hizo sus necesidades frente a mi cena. 

Juntaron la bolsita con el orín que iba colocada adentro del inodoro de plástico, le hicieron un nudito y lo tiraron adentro de la basura del baño al lado nuestro. El mensaje era claro: mi viaje estaba pishado. 

Me fui de San Francisco con diez grados y llegué a Tulum con veintiocho; un índice de pobreza alto, calles rotas y un mar que pesaba más que mil escenarios de carritos vendiendo pozole frío en cada esquina. 

A mi derecha, la decadencia de un país en quiebra, y a mi izquierda, el paraíso Maya con sus ruinas, sus lagunas y el exótico paraíso de una naturaleza indomable y salvaje. Con una energía tan poderosa que según tu estado de ánimo terminabas enterrado debajo de una pirámide o en la cima del mundo. Eso es Tulum, un canal que acepta solo la verdad, y lo que anda dando vueltas se autodestruye. El sitio no da lugar a que te la lleves de arriba y esto es lo que hace de este paraje un milagro. 

Bueno, al menos para mí, que soy una gran gozadora de la verdad, que tiene que ver con la conciencia y con traer luz a la mentira que habitamos. 

Pero para todos los negadores ahí afuera, no les recomiendo Tulum, ya que tendrán que enfrentarse a la superficialidad de la historia que se contaron para poder dormir tranquilos. Not a good deal.

Llegué al departamento que me prestaron, prendí el aire a veintitrés grados y solté de mi memoria todas las pinches peleas con los esclavos del sistema que han hecho de mi 2020 un calvario.

Los guerreros también nos merecemos unas vacaciones, ahora crucemos los dedos porque no tenga que enfrentarme con algún tipo de mediocridad que quiera clavarme un termómetro en la frente y alcohol en gel en mi tiempo libre.

 

Onward!

 

Ceci Castelli

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